La alcaldesa de un municipio serrano, por entonces presidenta de una mancomunidad que había promovido ante UNESCO la declaración de reserva de biosfera para su territorio, se tomó de manera tan literal el presupuesto de futuras inversiones para el desarrollo económico, previsto en el dosier de la candidatura presentada -cifrado en unos 300 millones de euros- que, poco después de la aprobación, se personó en el despacho de un alto cargo del gobierno regional preguntando dónde estaba el cheque por dicha cuantía, más o menos para llevárselo de vuelta. Debió regresar a su tierra aquel día con desilusión porque, como suele ocurrir, se trataba de previsiones, siempre optimistas que, en el mejor de los casos, se irían materializando a lo largo de los años y por diferentes administraciones. Tampoco es que UNESCO fuese por ahí repartiendo billetes. No es esa su misión, aparte los problemas de financiación que le afectan a consecuencia de cicaterías varias.

Sirva la anécdota para introducir a otra reserva de la biosfera, la Intercontinental del Mediterráneo, cuyas siglas son RBIM, declarada en 2006 por UNESCO, nacida como proyecto compartido por la comunidad autónoma de Andalucía y Marruecos. Une espacios naturales de dos continentes, Europa y África, y dos países vecinos, no siempre bien avenidos, como muestra la crisis migratoria de Ceuta, ocurrida recientemente. En octubre de este año cumplirá su vigésimo aniversario.

Esta figura de protección -reserva de biosfera- había comenzado a aplicarse en los años setenta del pasado siglo con el objetivo principal de crear una red de espacios mundiales donde se combinase la conservación de la naturaleza amenazada con lo que se vino a llamar desarrollo sostenible, término hoy repetidamente usado pero que en aquella década sonaba aún a música celestial. Quizás guiados por el primer sustantivo de la denominación elegida -reservas- las declaradas hasta comienzo de los años noventa respondían más a un esquema clásico conservacionista, de protección de flora y fauna amenazada, dejando el desarrollo de las poblaciones como argumento secundario. Al llegar a 1995 se habían reconocido cinco en Andalucía, a las que se sumó ese mismo año Sierra de las Nieves, hoy flamante parque nacional.

El congreso mundial, celebrado en Sevilla en marzo de ese año, permitió conocer más en detalle la experiencia de algunas reservas de biosfera de carácter transfronterizo, todas continentales, ya que hasta entonces no existía en el mundo ninguna que comprendiese ámbito marino. El giro de este foro consistió en acentuar el carácter de desarrollo social y económico de las poblaciones locales como objetivo de las reservas de biosfera, sin desdeñar la protección de los recursos naturales de alto valor, pero complementándolo. Ello abrió la puerta a que UNESCO pudiese declarar bajo esta figura internacional a territorios más amplios y diversos, no solo concretos espacios de ecología muy singular y valiosa sino verdaderos laboratorios de desarrollo, que albergasen también población, cultura y actividad económica. Este planteamiento vino a llamarse Estrategia de Sevilla, habiendo permanecido muchos años como santo y seña de esta red mundial. Otro objetivo consistía en incrementar las reservas de biosfera en los medios costeros y marinos; también, que tuviesen más en cuenta la dimensión humana. Estos ingredientes preludiaban la posibilidad de declarar reservas de biosfera como la que comenzaría a tomar forma entre ambas orillas del Estrecho.

En 1996 la Junta de Andalucía y el Reino de Marruecos suscribieron el primer acuerdo de cooperación, que consideraba a la protección del medio natural y de la biodiversidad como un ámbito prioritario de trabajo para ambas partes. Casi a continuación, se rubricó un memorándum de entendimiento con la administración de aguas y bosques del entonces Ministerio de Agricultura y Pesca del país vecino, órgano que se encargaba de los espacios naturales, los bosques y la lucha contra los incendios forestales.

También fue relevante para las dos orillas el interés oficial que surgió por la puesta en valor de la migración intercontinental de aves, en parte debido a los efectos indeseables en la avifauna de la naciente instalación de aerogeneradores para el aprovechamiento de la energía eólica en la zona del Estrecho. Sumemos la riqueza marina de estas aguas, en las que habitan unas 2.000 especies de flora y fauna, siendo frecuente la presencia de cetáceos como los delfines comunes, los calderones o las orcas, residentes todo el año, mientras que cachalotes y rorcuales las atraviesan ocasionalmente.

La doctrina oficial dice que las reservas de biosfera son territorios que contribuyen a la conservación de ecosistemas y especies amenazadas; buscan equilibrar las necesidades humanas con la conservación del medio ambiente, promoviendo un desarrollo que sea socialmente justo y ambientalmente responsable; sirven como laboratorios naturales para la investigación científica y como espacios de aprendizaje para la gestión sostenible; y fomentan la participación de las poblaciones locales en la gestión de sus territorios. Ahí es nada.

Con la entrada en el siglo XXI había quedado reconocida la red mundial de reservas de la biosfera. No ha parado de crecer desde entonces. Hoy se extiende por una superficie de más de 7 millones de kilómetros cuadrados en 134 países, casi el mismo tamaño que Australia, albergando unos 275 millones de habitantes en todo el mundo. Solo 34 son reservas transfronterizas.

Se puso en marcha por las administraciones ambientales de los dos países un proyecto denominado Apoyo a la creación de la Reserva de la Biosfera Transcontinental Andalucía-Marruecos. Fue presentado al programa europeo INTERREG, siendo aprobado. Su resultado dio lugar a la Reserva de Biosfera Intercontinental del Mediterráneo, nombre oficial, declarada por UNESCO en octubre de hace 20 años. Su superficie es de 907.185 hectáreas, casi la mitad en Andalucía y la otra mitad en Marruecos, siendo unas 18.000 la superficie marina. Aportan territorio 63 municipios en nuestra Comunidad y 45 en el país vecino, siendo la población total de más de medio millón de habitantes. Se extiende por las provincias de Cádiz y Málaga, mientras que Chefchaouen, Larache, Ouzzane, Tánger y Tetuán son las provincias marroquíes incluidas.

La parte andaluza comprende cuatro parques naturales (Estrecho, Alcornocales, Grazalema y Sierra de las Nieves), otros cuatro parajes y 8 monumentos naturales. Muchos de estos espacios disfrutan de protección europea. Por su parte, en las provincias marroquíes la reserva de biosfera incluye un parque nacional (Talasemttane) y seis sitios de interés biológico y ecológico.

A partir de 2007 la legislación española ha reconocido a las reservas de biosfera como áreas protegidas por instrumentos internacionales. Son, pues, una de las modalidades de espacios naturales protegidos, de las más destacadas. Además, se reconocen también legalmente a los espacios naturales transfronterizos, formados por áreas adyacentes de carácter terrestre o marítimo. De todo ello nuestra reserva de biosfera fue precursora. En cuanto a su característica de unir territorios de dos continentes, es algo que la hace única en el planeta, articulándose a través del Estrecho de Gibraltar, una de las calles mayores del mundo, en muchos sentidos.

La RBIM fue sometida a su primera evaluación decenal al cumplir los 10 años de existencia, en 2016. El comité mixto de coordinación que la rige demostró haber hecho sus deberes, a pesar de la complejidad que supone reunir a dos países para gestionar una figura común, vecinos sí, pero de diferentes culturas administrativas. Este Comité, donde se sientan representantes españoles y marroquíes, no ha dejado de reunirse desde la fecha de declaración.

Así que he aquí un ejemplo de cooperación ambiental y económica, que persigue establecer lazos entre una orilla y otra de los dos continentes, hasta ahora con el beneplácito de un organismo mundial tan prestigioso como UNESCO. No te dan un cheque, como esperaba la alcaldesa, pero si un sello de calidad ambiental, una marca capaz de atraer inversiones y empleo.