El parque natural Bahía de Cádiz es un espacio protegido no muy extenso, unas 10.000 hectáreas, si lo comparamos con otros parques. Está encajado entre ciudades muy pobladas -como El Puerto de Santa María, Chiclana o San Fernando- frente a la fachada marítima atlántica de la provincia. En sus inmediaciones viven unas 400.000 personas, para las que constituye una infraestructura verde muy valiosa, quizás no suficientemente valorada. Se usa este término moderno -infraestructura verde- que viene a designar a los elementos naturales o seminaturales que nos aportan ecología y bienestar, formando redes que se extienden por el territorio. Contrasta con las edificaciones o las carreteras, que constituyen la infraestructura gris, cuyas funciones sociales son distintas.

Como otros parques naturales andaluces, fue declarado oficialmente mediante ley del Parlamento andaluz en 1989. Tiene la peculiaridad de haberse establecido en su interior, simultáneamente, dos parajes naturales: Isla del Trocadero, cuyo nombre se recuerda por una célebre batalla que ganaron los franceses a los liberales españoles en el siglo XIX, y Marismas de Sancti Petri, cercanas a la mitológica isla del mismo nombre. Dos espacios protegidos dentro de otro espacio protegido. De acuerdo con la normativa europea, fue reconocido en 2003 como Zona Especial de Protección de Aves, año en el que también fue declarado dentro de sus límites el monumento natural Punta del Boquerón, otra curiosa singularidad más. Fue en 2012 cuando quedó designado como Zona Especial de Conservación, en base a la directiva comunitaria. La primera ordenación interior de sus recursos naturales, así como las regulaciones de uso y gestión, datan de 1994. Las últimas, vigentes en la actualidad, fueron aprobadas en 2024.

La imagen predominante de la bahía la constituyen las salinas, que ocupan buena parte de lo que fueron antiguas marismas, transformadas en canales y superficies de escasa profundidad, en las que se controla el paso del agua de las mareas y se favorece su evaporación, para la extracción de sal. Una particular forma de minería. Quedan algunas zonas propiamente marismeñas, como Los Toruños, que se salvó de la edificación masiva gracias a su inclusión en el parque natural. Tienen también uso para la acuicultura, aunque muchas se encuentran en estado de abandono, con el consiguiente deterioro físico y ambiental.

El paisaje característico de este parque natural, además de las salinas, lo forman esteros, fangales, cursos de agua, playas, dunas y bordes.  Son de particular interés los esteros, depósitos de agua salada conectados a los caños por compuertas y separados por muros de contención llamados vueltas de afuera. Es un parque natural horizontal, llano, con apenas algunos pinares. Lo atraviesan los ríos Guadalete e Iro.

Su paradoja es que, por un lado, se trata de un espacio muy cincelado por la acción humana -diríase muy poco natural- cuyas marismas fueron transformadas en salinas. A la vez es grande su riqueza ecológica de aves -charrancitos, chorlitejos, flamencos, águilas pescadoras, por citar algunas- moluscos y peces -los pescados de estero- como lubinas, doradas o lenguados. Las aves tienen allí su hábitat y sus lugares de reproducción e invernada. Peces, crustáceos y moluscos disponen de sitios ideales para la cría y alevinaje. La actividad salinera dejó restos de interés etnológico como las casas salineras y los molinos de marea. Hay naturaleza, pero también cultura.

En la bahía de Cádiz se ha constituido en abril pasado la iniciativa denominada Alianza Bahía Azul, una plataforma ciudadana que agrupa a instituciones y colectivos para impulsar la conservación del parque natural, de sus marismas, salinas y esteros. La integran instituciones como la Universidad de Cádiz y el Instituto Español de Oceanografía, representantes del sector productivo, así como entidades vinculadas a la conservación, como la Sociedad Gaditana de Historia Natural. Los promotores de esta plataforma buscan unir voluntades que converjan en la elaboración de un plan de acción, cuyos objetivos serían restaurar la marisma, defender el humedal ante el cambio climático y la subida del nivel del mar y favorecer actividades como la acuicultura, la salicultura y el turismo de naturaleza. Buscan la obligada implicación de las administraciones central y autonómica, y la colaboración de los ayuntamientos de la Bahía.

El diagnóstico de la situación actual muestra una progresiva degradación, cuya principal consecuencia es la destrucción de las vueltas de afuera, que constituyen el sistema de protección del parque natural frente a los avances del mar, debidos a los temporales y al cambio climático. Sin esa protección peligran las actividades económicas tradicionales y las carreteras y vías férreas que discurren por este espacio. Hace falta proteger los ecosistemas, pero también promover actividades económicas sostenibles, como pueden ser el ecoturismo, la gastronomía o la educación ambiental, contando igualmente con la recuperación de salinas y esteros. Un estudio de la Universidad de Cádiz, dado a conocer en 2022, mostraba que la mayoría de los servicios ecosistémicos que proporciona el parque natural presentaban una tendencia evolutiva negativa, en particular los que se ven influidos por el cambio climático.

Otro trabajo reciente, también de un equipo de investigación de la Universidad de Cádiz, ha constatado una tendencia generalizada hacia la regresión, después de reconstruir más de seis décadas de evolución de las marismas mareales de la bahía. Han analizado imágenes aéreas históricas tomadas entre 1956 y 2022. Como media, el borde de las marismas mareales ha retrocedido 2,4 metros al año, en la bahía interior, aunque se constatan importantes diferencias entre unas zonas y otras. Por ejemplo, en El Trocadero (Puerto Real) la media de la reducción ha sido de 7 metros cada año, afectando de manera notable a sus marismas baja y media. En otras, como la punta de la Clica (San Fernando) hubo expansión hasta 1978, pero desde entonces se ha producido regresión, 1,8 metros al año.

Así que es necesario actuar, como reclaman los participantes en esta Alianza. Lo que lleva inevitablemente hacia las administraciones públicas, en particular el Ministerio de Transición Ecológica, competente en costas y la Junta de Andalucía, en humedales, espacios forestales y otras materias ambientales. Comienza a haber ejemplos de iniciativas que están en el buen camino, como la vuelta a la explotación de salinas abandonadas, la recuperación del paisaje marismeño unida a la gastronomía o unas primeras inversiones de la administración para restaurar muros y canales y crear senderos para uso ciudadano. La ejecución del Plan Andaluz de Humedales, por parte de la Junta de Andalucía, y del Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza, presentado por el Gobierno ante la Comisión Europea, pueden servir de marco para impulsar estas necesarias acciones en el parque natural Bahía de Cádiz, bajo el impulso y la mirada atenta de esta interesante iniciativa ciudadana como es la Alianza Bahía Azul.